DE CHERNOBYL A BUENOS AIRES, UNA INMIGRANTE DE LA DESOLACIÓN

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Por María Alejandra Rafinetti, alumna de 2º.

Esta nota fue preseleccionada en el Concurso anual de TEA. Es una entrevista a una sobreviviente de la tragedia nuclear.

-¿Cómo era su vida en Ucrania antes de la explosión del reactor?
-Vivía en Niyen, un pueblo a 70 kilómetros de Chernobyl, junto a mi marido que era ingeniero y mi hijo, que en ese momento tenía tras años. Justo me había recibido de economista. Tanto mi vida como la situación económica en la estaban eran óptimas.

-¿Cómo se enteraron de la tragedia?
-La explosión ocurrió el 26 de abril de 1986 y nos enteramos recién el 9 de mayo. Durante esos días, nadie supo nada. Ucrania formaba parte de la Unión Soviética y a pesar de la Glasnost, la información no fue clara. Lo primero que hice fue mandar a mi hijo con mis padres, que vivían a unos 800 kilómetros de distancia. Nosotros nos quedamos por nuestras obligaciones, pero después de dos años empecé a sentirme muy débil, me dolía siempre la cabeza y tenía fiebre en forma constante. Todos tuvimos síntomas diferentes, pero cuando mi mejor amiga murió de leucemia, me di cuenta lo peligroso que era seguir viviendo en Niyen. Los que quedamos vivos debemos hacernos chequeos médicos periódicos. A algunos les dieron una libreta sanitaria que dice: “sobreviviente de Chernobyl” junto con una categoría, que determina la cantidad de a21ños de trabajo que pueden soportar esas personas. Luego se deben jubilar. Pero sólo se las otorgaron a los que vivían a unos 30 kilómetros del lugar del accidente, a mí no me la entregaron porque estaba a 40 kilómetros. Pienso que fue por una cuestión económica, sino deberían haberle pagado subsidios a la mitad de Ucrania. Con dolor dejé mi trabajo, mi casa, en pocas palabras, una comodidad económica que jamás volví a tener.

-¿Cómo llegaste a la Argentina?
-No era fácil relocalizarse en un contexto de desplome de la URSS, fueron años de mucha lucha y de tener que lidiar con mis peores miedos. En 1995, me enteré de un convenio que había firmado Ucrania con la Argentina y fue ahí que decidí dejar todo. Recién con ese acuerdo se nos abría una posibilidad de irnos y salvar nuestras vidas. Era peligroso seguir viviendo allá, porque la radiación había comenzado a desparramarse no sólo por aire, sino también por tierra y agua. La Argentina era el único paísn que nos recibía, y pude ingresar a fines de 1995. Al aeropuerto llegaban aviones repletos de ucranianos. Esto ya no pasa porque uno les hace saber que las cosas acá no son simples. El que ya está en el país se termina acostumbrando, al menos a la fuerza.

-¿Cómo fueron los primeros pasos?
-Admito que fueron duros, con mi marido decidimos venir solos. Mi hijo se quedó con sus abuelos, para que no dejara el estudio y terminara el ciclo primario. Además, primero quería saber a dónde estábamos yendo. Sin conocer el idioma, las costumbres y con los pocos ahorros que teníamos, que no sabíamos cuántos nos iban a durar, en sentimiento que me dominó, ni bien bajé del avión, fue de miedo. Incluso, nadie de la embajada nos había venido a buscar, algo que el convenio estipulaba. Nos dieron solo la visa y luego cada uno se las tuvo que rebuscar como pudo. De ese acuerdo, tampoco nos dieron el curso de español. Fue en ese momento que nos dimos cuenta la poca cantidad de plata que teníamos. Nos informaron muy mal en Ucrania.

-¿Cómo hicieron para comenzar a tener sus ingresos?
-Una gran frustración fue que, hasta la actualidad, no revalidaron nuestros títulos. La gran mayoría de los que vinimos somos profesionales y, en mi caso, jamás pude ejercer. En la necesidad de sobrevivir, sin conocer la lengua y sin título, al principio sólo pude conseguir trabajo como niñera y mi marido, que era ingeniero, tuvo que aprender el oficio de obrero. Así nos mantuvimos y, al mismo tiempo, trataba de hacer cursos de español, que luego me ayudaron a entrar a un estudio jurídico, siempre en negro. Me costó más de un año aprender la lengua. Recién a los dos años pude traer a mi hijo Constantine, que tenía 15. Ahora, con 27 años, casi ni se nota que es ucraniano, conduce un programa que tenemos en Radio Identidad, donde hablamos de Ucrania y sobre actividades de ORANTA, la asociación civil que presido, para que los argentinos nos conozcan un poco más.

-¿Cómo te encontró la crisis económica de 2011?
-Ese año nació mi hija Sofía, así que tuve que luchar mucho más. Es muy difícil conseguir empleo acá, porque todo se hace por contacto. Ahora estoy trabajando en un estudio contable y en forma paralela estoy terminando un posgrado en congreso exterior. Pude hacer porque es una carrera internacional y sólo debía presentar el título homologado por el Convenio de La Haya, de otra manera hubiese sido imposible. Recién llegados al país nos querían mandar a hacer el secundario, cuando muchos teníamos hecho hasta posgrados. Además de las dificultades económicas y educativas que tuvimos que pasar, muchos maridos, que no lograron adaptarse, comenzaron a beber y a ponerse violentos con sus esposas. Con esfuerzo y contención, las mujeres se animaron a denunciarlos. La gran mayoría de los hombres abandonaron el país y con ello a sus familias.

-¿Ese también fue tu caso? ¿Cuál fue la mayor dificultad que tuviste que sobrellevar en estos años?
-Sí, (con voz tenue). Todo me requirió el doble de esfuerzo, pero mis hijos son mi mayor logro. Con mi segundo embarazo pasé por muchos miedos de que mi bebé se viera afectado por alguna mal formación. Gracias a Dios a Sofía no le pasó nada, y hoy, a sus 9 años, es preciosa. Lo que más me cuesta es el tema de la vivienda y el trabajo. Es todo muy burocrático y para un extranjero se hace el doble de difícil. Sólo queda viva mi madre, a la que me gustaría visitar con mis hijos, ellos tienen curiosidad de conocer sus raíces, pero un pasaje de Ucrania sale 1500 dólares y el sueldo de inmigrante no alcanza. Hoy alquilo en un lugar, pero mañana no sé qué va a pasar. Además, la gran mayoría trabajamos en negro, por lo tanto no podemos acceder a un crédito para poder comprar nuestra casa y así, muchos ucranianos, continuamos viviendo en iglesias, en hoteles o pensiones.

Perfil:

Lesia Paliuk es una mujer alta, con ojos traslúcidos y pelo claro como el sol. Proyecta una imagen que cautiva y lejos está de reflejar la pesadilla que debió transitar. Nadie podría descubrir en ella la imagen de un refugiado. Sin embargo, sentada en un rincón de una de las tradicionales confiterías de la Avenida de Mayo, la nostalgia y el recuerdo por lo que alguna vez fue su hogar están siempre presentes en sus palabras. La tragedia nuclear en Chernobyl la obligó a exiliarse al único país que estaba dispuesto a recibirla.

En 2003, Lesia junto a otros inmigrantes que sufrían las consecuencias de ser desplazados ambientales, crearon la Asociación Civil, ORANTA, que significa “protección”. Como Presidenta de la organización tiene una asignatura pendiente: que se lleve a cabo el convenio de educación y de protección social, para que cada migrantes y refugiados de Europa Oriental pueda tener la posibilidad de alcanzar un futuro más digno. Una ucraniana de voz suave que habla un español entrecortado que sabe muy bien que, aunque la mente sea capaz de olvidar, el cuerpo jamás tendrá ese privilegio. El material radiactivo que se desparramó en su país, 500 veces mayor que en Hiroshima, está allí. Como una bomba de tiempo, hay algo que late dentro suyo que puede, algún día, detonarse. Aunque cabe también la posibilidad de que eso jamás suceda. Lesia debe transitar cada instante de su vida con esa incertidumbre. Ese es el retrato de una sobreviviente que lleva, a cuestas, su propio Chernobyl.