Gabriel Rolón: “Si uno no quiere perder el eje en la vida, no debe olvidar nunca de dónde viene y quién es”

Volver

Afable en el trato, con una media sonrisa que no siempre se refleja en su mirada, Gabriel Felipe Rolón, psicólogo, escritor y músico, abre las puertas de su casa para hacer un repaso sobre el chico que soñaba con tener éxito y superar un destino de pobreza; y el hombre al que la timidez no le permite disfrutar totalmente de los logros alcanzados con esfuerzo y estudio.

Todo en el lugar tiende a la calma: las paredes están pintadas en tonos pasteles, con los cuadros justos y necesarios para escapar a la sensación de desnudez. En algún lugar de la casa alguien ejercita con un violín, sin que el sonido altere la tranquilidad que se respira. Su consultorio lo refleja: austero, despojado, pero con la calidez justa que invita a la charla. Todo en él es cortesía. Más delgado de lo que se ve por televisión y menos acartonado de lo imaginado, se dispone a contestar algunas preguntas.

-Usted afirma que su papá fue fundamental en la elección de su carrera, ¿en qué sentido lo fue?
-Terminé el secundario como perito mercantil y primero me inscribí en Ciencias Económicas y dejé; luego empecé a estudiar el profesorado de matemáticas en el Joaquín V. González; estuve a un año y algunas materias de recibirme pero, finalmente, a los 26, me decidí por psicología. Mi recorrido por el estudio fue difícil; no podía definir bien mi vocación, hasta que en una charla con mi viejo, el día anterior a que venciera el plazo para la inscripción en la facultad, le dije que me sentía grande para comenzar otra carrera. Él, sabiamente, me contestó: “Mirá, Negro, los 30 los vas a tener igual, no vas a parar el tiempo porque no estudies. Vos decidís cómo querés que te agarren”. Fue una interpretación analítica; al otro día me inscribí y acá estoy.

-¿Cómo juega hoy la figura de su papá, que no llegó a ver el reconocimiento actual?; ¿siente que estaría orgulloso?
-Mi viejo tuvo la generosidad de estar orgulloso de mí hasta cuando las cosas no salían bien, él estaba muy orgulloso de que yo siempre lo intentara. No salió económicas, bueno, intentá el profesorado; no salió el profesorado, dale con psicología; y si no es esto, probá con peluquería, pero siempre intentá. También hoy me encontraría las vetas que solía criticarme. Era muy crítico, pero siempre me apoyó en todo lo que emprendí.

Con una sonrisa nostálgica pareciera transportarse a otro tiempo y otra situación y cuenta que, cuando su padre estaba internado, muy grave y por morir, él, junto a su madre, tuvo que recurrir a familiares queridos y no queridos para que colaboraran económicamente. Juntar la plata para pagar el alquiler de la casa paterna era una empresa titánica, dice, y agrega que le hubiera gustado que su viejo muriera tranquilo, sin sentir que su familia corría para pagar los gastos básicos. Además, comenta: “Siempre estuve del lado equivocado, cuando estaban mal los pobres, yo era pobre. Ahora que pagan los que más tienen, justo me va bien”.

-En octubre cumplió 50 años, ¿cómo era Gabriel Rolón en la infancia?
-Nací en una casilla del conurbano bonaerense (Laferrere), muy pobre, pero mi familia, con mucho esfuerzo, buscaba distintos empleos para que la situación mejorara. Recuerdo que a los 6 años nos fuimos a vivir cerca de Chivilcoy (Provincia de Buenos Aires) porque mi papá era obrero de la construcción y lo habían contratado para levantar el casco de una estancia. Yo salía a cazar bichos y a vagabundear con los demás pibes, jugaba al fútbol y no había diferencia entre mi mejor amigo, cuyo padre era dueño de un frigorífico y tenía estancia, y yo. Mi cumpleaños se festejaba con una olla de leche con chocolate y galletitas, y venían todos los pibes. Fue una etapa plena de juegos inventados y felicidad ingenua. Siempre lo tengo muy presente esto, porque siento que si uno no quiere perder el eje de quién es en la vida, no debe olvidar nunca de dónde viene.
-¿Piensa que actualmente sería imposible una situación similar?
-Yo creo que sería lindo que se reacomodaran las situaciones sociales para regresar a aquella parte; no es que sea un nostálgico, pero eso se perdió y las diferencias se acentúan vertiginosamente. Por suerte, el gobierno de Néstor Kirchner y, por supuesto, el de Cristina, se animaron a implementar políticas de Estado para, de a poco, recomponer las capas sociales más necesitadas. No obstante, me encantaría que hubiese un mayor contacto entre las clase sociales. Me parece que sería bueno que los que menos tienen les tuvieran menos bronca a los que tienen más, y así los que tienen más les tendrían menos miedo.
-Desde su lugar, ¿usted lo aplica?
-(Suelta una carcajada). Siempre me guardo ciertos espacios de tiempo para ir, de modo gratuito, a la Feria de Libro que se hace en las distintas ciudades o pueblos del interior del país. Todos los autores queremos ir a la Feria del Calafate, a la de Mendoza, o a la de la Ciudad de Buenos Aires, pero yo voy a la de Matanza, Pehuajó, Ramallo, entre otras, porque siento que ahí están los chicos que eran como yo, con infinidad de intereses y ganas de tener enfrente un músico o un escritor. Entonces tengo dos categorías a la hora de manejarme: voy gratis o soy muy caro. En este sentido, cuando tengo que cobrar, cobro muy bien por mi laburo, por mis charlas, porque eso me permite después ir gratis a esos lugares donde nadie más va.

Promedia la charla y se deja de escuchar el armonioso sonido del violín que sorprendió al entrar. Con bandeja en mano, Teresa, su actual esposa y violinista de profesión, ofrece café y masas. Detrás entra sigilosamente un perro gigante que, tras ladrar fuerte, analiza con su mirada la situación, vaya a saber de qué manera. Cuenta su esposa que nunca pensó que Peluche –la mascota de la casa- iba a crecer tanto; se ríe y acota que es muy tranquilo: “Igual que Gaby”. Confiesa que junto a Rolon disfrutan mucho de cada espacio de la casa. Además, agrega que las salidas junto con los hijos de Rolón –Lucas(25)y Malena(18)- son una opción permanente y recuerda, divertida, las últimas vacaciones de paseo por Europa. Aclara que él es un padre sumamente permisivo y suele ser ella la que trata de poner los límites, pero añade que la relación con los chicos es muy buena ya que, después de casi 15 años de convivencia, todos se adaptaron. Inclusive menciona la buena relación que mantiene con Sandra la ex esposa de Rolón y madre de Lucas y Malena.

Ambos parecen ensamblar de manera perfecta hasta que Teresa confiesa que el exitoso psicólogo no cambia ni una lamparita en la casa.
Él la mira serio y ella le sonríe. Los dos se ríen a la vez. En pleno barrio de Caballito, mientras el atardecer primaveral gotea lentamente, la charla llega al final y la sensación es la de haber conocido desde otro lugar a un personaje que vemos, escuchamos o leemos desde lo profesional.

Alejandra Garbin 2do año(tea)