Marcelo Moguilevsky: “La música me salvó la vida muchas veces”
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Reconocido, incluso en el exterior, como un gran artista argentino, el compositor y vientista actualmente recorre escenarios de la mano de su banda, Puente Celeste, así como también incursionando en la docencia. Ha probado de todo y va por más. Mientras lleva adelante un espectáculo solista, en el que da rienda suelta a la experimentación, continúa presentando “Un tal Julio” –en homenaje al escritor Julio Cortázar- , junto a Santiago Kovadloff y César Lerner. Ama lo que hace, y confiesa que el ritmo y las melodías han sido su “brújula” siempre, inclusive en las situaciones más hostiles y adversas.
“Sin música la vida sería un error”. Si bien ya el filósofo alemán Friedrich Nietzsche lo había adelantado durante el siglo XIX, hoy pareciera tratarse de una verdadera profecía. Sus palabras siguen vigentes alumbrando a diario el camino de numerosos artistas. No es casualidad que Marcelo Moguilevsky, reconocido compositor y multiinstrumentista argentino, glorifique al pensador en cada uno de sus acordes. “Si no fuera por la música yo sería un enfermo, en muchos aspectos. Es un espacio importante de reconstrucción personal, de encontrarse con uno mismo”, confiesa el músico. Con más de 30 años de carrera y ya consagrado como uno de los vientistas más reconocidos incluso a nivel internacional, Moguilevsky supo transitar un largo camino inmerso en ese arte que tanto lo enamora, y en el que aún continúa experimentando.
Dueño de una calidez envidiable, el compositor abre las puertas a su intimidad sin reparos. Escucha atento y, mientras juguetea con sus manos, elige minuciosamente cada uno de los términos que empleará para contar su historia. Su mirada, pícara e inquieta, por momentos recuerda al niño travieso que incursionó en el universo de las melodías gracias a la flauta dulce que le hizo comprar la maestra en primer grado. La música era su “juego predilecto”, su entretenimiento. Mientras sus compañeros corrían desesperados en busca de algún juguete con el que pasar el tiempo, él disfrutaba horas enteras envuelto en diversas melodías. A través del tiempo, ese pequeño esparcimiento fue consolidándose como una verdadera guía en su camino. “La música a lo largo de mi vida fue, y aún sigue siendo, una brújula muy fuerte”, se sincera Moguilevsky. Y agrega: “Cuando a veces pierdo el rumbo o estoy desesperado por algo que no salió bien, ya sea en lo afectivo o en lo laboral, no hay nada como saber que puedo quedarme sólo y volver a mis acordes, a mis notas, a soplar un instrumento de viento . De esta manera, puedo reconocerme y conectarme con lo que me pasa”.
A diferencia de otros músicos, el vientista no recuerda un momento puntual en el que haya decidido dedicarse a esto. “Seguramente eso me sucedió muy temprano, cuando la música ya estaba incorporada en mi vida”, indica pensativo. Mientras hace memoria, infinitas imágenes se entremezclan y parecen confundirlo. De repente ríe, y comienza a describir una situación, que aún hoy lo moviliza. Se ve parado en un sillón, con sus módicos 3 años, cantando mientras su familia lo observa. “Son recuerdos más que nada fotográficos, de un morochito gordito parado arriba de un sofá cantando. Todavía me acuerdo de esa sensación”, explica. Tras hurgar otro poco en su cabeza, en busca de reminiscencias propias de épocas anteriores, llega el turno de hacer referencia a su madre: “Era muy frecuente para mí tener a mi vieja cerca, silbando. Sentirme inmerso en esa sonoridad”. Pero pareciera ser que su hermana, a través del canto y la guitarra, también lo fue acercando a la música. Fue ella quien le trajo las primeras melodías: Sandro, The Beatles, Serrat, John Baez. En fin, todo un universo de sensaciones por explorar.
Con el paso del tiempo, a ese niño inquieto que gozaba de pasar horas jugando con ritmos y melodías, le llegó la oportunidad de incorporarse en una obra de teatro con música en vivo. “Empecé a tocar allí a los 13 años más o menos. Un día vino el preceptor, que trabajaba en esa obra, y me llevó para que formara parte de ella. Desde ese momento no paré de tocar”, relata Moguilevsky quien, si bien ya venía haciendo música desde hacía tiempo, debutó en vivo en esa oportunidad. Su primer disco llegó a los 15, y dos años después, la vida lo encontraría viajando a Europa en busca de aventuras -con sus instrumentos más queridos bajo el brazo, por supuesto-. “Mi idea era ir y pasear, conocer el mundo”, cuenta. Pero un suceso inesperado se le interpuso en el camino: una noche en un albergue estudiantil le robaron todo, excepto el bolso con las quenas, los sikus y las flautas. “Más allá de que yo quería tocar en la calle, fui impulsado a eso. Me habían robado todo así que no tenía más opciones”, resalta el vientista. Así fue como conoció lo que es “ganarse la plata con el sudor de la frente”. Cuando todo parecía perdido, la música fue su fiel compañera. Gracias a ella pudo cumplir los objetivos que se había propuesto y pasar unos hermosos ocho meses recorriendo los paisajes europeos.
Una vez de vuelta en Buenos Aires, comenzó a estudiar Composición en la Universidad Católica Argentina (UCA), con el piano que se había comprado gracias a largos meses de grandes esfuerzos. “Había laburado bastante para poder comprar mi primer piano. En la UCA, gracias a Dios, era obligatorio tener ese instrumento. Así que bueno, una vez que lo adquirí, me puse a estudiar duro”, recuerda. Mientras el joven incursionaba en nuevas melodías, Argentina transitaba una de sus etapas más oscuras. En abril de 1982, en plena dictadura militar, estalló la guerra contra Inglaterra por el dominio de las Islas Malvinas. Moguilevsky se vio arrastrado, con sus 19 años, a cumplir con el Servicio Militar Obligatorio. “La colimba la hice retrasado por haber tenido dos años de prórroga para poder irme a Europa a pasear. Me fui a los 17 años, y a los 19, ya me reclutaron”, recuerda. Fueron días sombríos para la historia argentina, que incluso más de uno desearía dejar atrás. Pero lo cierto es que la generación que estaba en ese momento bajo bandera fue trasladada casi en su totalidad a las islas. En ese entonces, su fiel compañera volvió a tenderle la mano: “Tuve la suerte de caer en gracia con un militar que adoraba el jazz, que le gustaba mucho la música, y sabía ya a lo que yo me dedicaba”.
-¿No fuiste a Malvinas porque la música te salvó de pasar por tal experiencia?
-Así es, es fuerte el relato. Aquel superior me había dicho que si nos llegaban a trasladar nos íbamos a perder en la mitad de la Patagonia con tal de no ir al frente. Lo cual para mí era de lo más sensato, porque yo en ese entonces ya estaba pensando cómo romperme las piernas tirándome desde arriba de un techito para no ir a semejante guerra loca.
Tras una breve pausa, se aclara la garganta y continúa con su relato. Sin embargo, hay algo que lo frena. Evidentemente siente que en algún punto no fue claro, por lo que se lanza una vez más en busca de las palabras más adecuadas: “No quería ir. No porque piense que a las Malvinas no haya que defenderlas, sino porque yo sabía que esa guerra era desleal. Como de hecho lo fue y hoy se sabe”. ¿Puede acaso la música aplacar las injusticias, ayudar a transitar situaciones adversas? ¿Las crisis resultan menos dolorosas en su compañía? Así parece. O por lo menos Moguilevsky fue un gran afortunado. Su suerte se la debió, una vez más, a sus instrumentos más queridos. “Un día mi vieja me mandó la flauta a la instrucción militar”, revela.
-¿A pedido tuyo?
-Sí, se la pedí desesperado. Hasta ese momento nadie sabía que yo era músico, pero desde que me llegó la flauta no hice nunca más un cuerpo a tierra.
Se lo nota conmovido, pero también orgulloso de sí. Él sabía que lo suyo no eran los rifles ni las flexiones de brazos. Siempre lo supo. Para Moguilevsky, “la música trasciende ideologías, y hasta los límites más ridículos”. Y tal vez esté en lo cierto. Con sus alegres melodías logró eclipsar hasta a las almas más duras. Todo un ejército embelesado por el sonido de una flauta no es cosa de todos los días. “Tengo una foto grabada en mi memoria de todos los soldados practicando tiro al blanco, mientras yo estaba metido dentro de una fosa tocando chamamé, con otro compañero mateando conmigo”. Fiel a sus principios, nunca agarró un fusil en todo el ejército. Cuando se le pregunta por qué, responde sin ni siquiera dudarlo: “Porque estaba tocando. Me resultaba bastante romántico”, enfatiza, con una gran sonrisa en los labios. “La verdad que yo con las armas no quería tener nada que ver. En todo caso, el arma que yo tenía era la flauta”.
Tras una serie de preguntas complejas, siente que llega la hora de relajarse. Se lo nota cómodo hablando de su presente con Puente Celeste, banda de la que participa con sus flautas dulces, el clarinete y la voz. Su humildad, por momentos, sorprende. No sólo compartió escenarios con grandes inspiradores, como Dino Saluzzi, Hermeto Pascoal y Lito Vitale, sino que también incursionó de la mano de César Lerner en la música klezmer y ha reformulado clásicos del folklore argentino junto a Juan Falú y Quique Sinesi. Sin embargo, siente que aún le falta explorar en el universo de la música. “Mucho, mucho”, remarca. “De hecho, tengo 50 años y ahora voy a empezar a estudiar sobre la Escuela de Viena. Estoy como muy curioso por aquello que interrumpí en mis estudios y que me gusta escuchar”.
Está feliz con la vida que lleva hoy. Este año ha transitado experiencias muy gratas: desde la incursión en el mundo de la docencia, hasta el pleno goce de su paternidad con su nuevo hijo, de 9 meses, con quien se comunica constantemente mediante la sonoridad. Pero, además, ha tenido la oportunidad de llevar adelante un espectáculo solista. “Me llevo más o menos bien conmigo -bromea, para luego ponerse serio y rematar- Me gusta, es un lugar de mucha introspección y experimentación, de hallazgo y pérdida. Siempre digo que para encontrarse no hay mejor que perderse. Porque si uno está con la certeza de que se halló, probablemente esté perdido”, reflexiona Moguilevsky, tras comentar que por eso no se asusta cuando a los 50 se encuentra desorientado. “La verdad que digo: ‘Que suerte. Estoy vivo. Me dan ganas de estudiar y crear cosas’”, cierra, no sin antes aclarar que lo que lo configura “es más un pensamiento artístico que un pensamiento musical”. Un diálogo permanente con otras artes, tales como la literatura o la escritura –en la que, incluso, ya ha venido incursionando-
Muchas veces suele considerarse a la música como mero espacio de entretenimiento o distracción. Sin embargo, el multiinstrumentista se niega a caer en ese reduccionismo, y propone hacer a un lado esos prejuicios. “No es que cuando yo empiezo a tocar el piano me evado, sino que, en todo caso, me pongo en contacto con aquello que me pasa en ese momento, de una manera muy profunda”, enfatiza. Las melodías actúan como medio de introspección, conformando un modo posible de vivir y conectarse con el presente, con el aquí y ahora. Lo cual no quita que la música también pueda ser entendida como fuente de vinculación permanente. “Me he relacionado mediante este arte con amigos y primeras novias, así como también con mi gran amor, e incluso con mis hijos”, señala el compositor.
-¿Creés que la música puede llegar a ser terapéutica también?
-Por supuesto. Cuando me subo al escenario y tengo fiebre, al bajar ya no la tengo. Esto es real, no es un invento. Cuando entro al escenario con mocos, salgo sin ellos. Lo mismo con las contracturas. Explicame por qué. La música es un lugar de construcción y de reconstrucción personal, en donde creo que puedo hacer algo por vos que me venís a escuchar, y yo estoy haciendo algo por mí, que me estoy escuchando.
-¿Entonces sentís que te encontrás en la música?
-Totalmente, la música es mi casa.
Jazmín Bronstein
2do año(tea)
